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21 de enero de 2010 - 10:57
La tragedia de Haití ha sido suficiente para despertar en cada uno y en el colectivo humano la pregunta sobre lo que llamamos civilización y desarrollo.
El espejo que hoy constituye Haití, en el cual se miran los ricos, los desarrollados, los civilizados,, refleja el estupor, la consternación y la vergüenza que como seres humanos deberían sentir esos que se dicen los civilizados y desarrollados del planeta y todos nosotros. ¿Cómo se puede digerir el que un país que no tiene guerra ni conflicto sea invisible al resto de países? Sólo este terrible terremoto ha sacado a la luz las miserias, el hambre, el caos, la desorganización y el olvido en el que se ha mantenido este país caribeño. Por su lado ha pasado la tragedia y la podredumbre de un sistema que se basa en el expolio, el hambre, la esclavitud, y la ignorancia de sus habitantes. Como fantasma que pulula el cielo azul infinito y las aguas de un mar de colores, el pueblo deambula en busca de un destino que se encuadra entre sus límites terrestres y marítimos, encerrado en su propia inexistencia.
Cuando la naturaleza ha gritado ¡basta! la tierra de esta isla se ha abierto y ha engullido de golpe a sus malhabitantes. Tal es el grito terrorífico que ha resonado estallando los tímpanos de los autistas civilizados, de los ricos atrofiados por su dinero. No cabe duda de que Haití es el espejo reflector de un mundo desigual e injusto que distingue entre países ricos, pobres, míseros e inexistentes. Haití pertenece a estos últimos.
No es con caridad pagada ni mano tendida ni ocupación militar, ni dádiva ocasional, ni ayuda internacional como podemos reparar el daño infinito infringido a un pueblo entero y a su territorio. Es con la acción de una revuelta global y de una regeneración moral y cambio de paradigma social como entraremos en la luz abriendo la compuerta del sentido común, de la razón y del humanismo en un planeta oscurecido por el atropello y la barbarie de quienes más poseen.
Es una señal más que nuestro planeta pone en nuestro entendimiento para llamar a la reflexión y a la detente de un mundo que se extingue por su propia avaricia y ceguera. El camino desaforado emprendido por los ricos y nuevos ricos llevan ineluctiblemente al planeta a la destrucción y retrocede al ser humano a los períodos más oscuros de la humanidad.
Quien crea en milagros, ó en utopías es el que más razones para continuar en este mundo posee. Otras señales aunqnue tenues y débiles aún nos hacen ver que debajo de esta capa de destrucción que cubre el planeta existen otros mundos forjándose, despertándose, juntándose, auto-organizándose experimentales sí, pero que están construyendo ambientes y entornos en los que todos los hombres tienen su lugar. Y en donde el conocimiento y la bondad y la ayuda cooperativa forman la base del ser así humanizado.
Haití es nuestro referente, pero no será el único. La naturaleza se reserva sus acciones y todos tendremos que reconocer en ellas sus mensajes. Todo si seguimos impenitentes el camino errado de la riqueza para unos pocos y el hambre para el resto.
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